Almas temerosas, sean bienvenidas a este recinto donde la fe se pudre y el pacto se paga con sangre.
Soy el Guardián de la Cripta, y su petición me agrada. Saben que no tolero la copia; aquí solo se relatan horrores frescos, nacidos de la negrura de la condición humana. Nos han compartido un relato de brujería, de un amor tan desesperado que abrió la puerta al abismo.
El profanador, quién nos ha solicitado llamarlo "Octavio Ravel", nos trae una historia que no ha sido desenterrada, sino que lo persigue. Lo que leerán a continuación es una confesión. Un error de juventud que le costó más que la vida.
Nota: Los nombres reales de los involucrados, han sido cambiados.
Debo admitirlo: mi mundo era el de la lógica y la ciencia. Fui el Dr. Octavio Ravel, un cardiólogo con una carrera intachable, hasta que mi mujer, Elena, me dejó. Su partida no solo rompió mi corazón, rompió mi realidad. Y un hombre de ciencia, cuando pierde su ancla, es capaz de invocar a los infiernos.
Yo no quería superarla; quería poseerla. Mi deseo era tan crudo que me llevó a la peor oscuridad. Después de pensarlo, y por recomendación de una compañera enfermera, acudí a una bruja que se hacía llamar "Madame Zila", una bruja cuyo aliento olía a tierra húmeda y cuya mirada no tenía fondo. Le dije lo que quería: un amarre de amor, una atadura irreversible que anulara su voluntad y la trajera de vuelta a mis brazos. Zila me advirtió, y su voz de grava todavía resuena en mis pesadillas: "Doctor, usted pide un nuevo que solo se aprieta con una mano que no es de este plano. Si la voluntad de su amada es más fuerte que la atadura, el ente que lo haga cumplirá su promesa: atormentar a quien lo pidió, cobrando lo que más teme perder". Yo, ciego, solo asentí.
EL ritual fue en mi vieja casa de descanso, la cual se encuentra en una zona boscosa y aislada. De pronto, un hedor a azufre y carne quemada. Vi a Zila mezclar un trozo del cabello de Elena y mi propia sangre en un cáliz de baro negro. AL recitar el conjuro, el aire se puso pesado; sentí una presencia inmensa, glacial, que me aplastaba el pecho. El amarre se selló con la orden a la entidad: "Tráela, o atormenta a quien lo pidió".
Y Guardián, Elena regresó. Al tercer día.
Pero esta no era mi Elena. Su piel estaba tan fría que daba escalofríos tocarla, sus ojos no tenían luz, y se movía con una rigidez de muñeca. Yo, el cardiólogo que podía leer cada sístole y diástole no podía leer nada de su pulso. Era un recipiente vacío habitando mi casa, mi cama.
Una semana después, el amarre se rompió con un sonido que aún me estremece. En mitad de la noche, Elena se levantó y me miró con una mueca que no era de mi esposa. La voz que salió de su garganta no era humana: era profunda, cavernosa, como el barro hirviéndoselas: "Él no la pudo traer. Así que te ha elegido a ti".
A la mañana siguiente, Elena yacía muerta en el baño. Los forenses dictaminaron un "evento cardiaco súbito", pero yo sabía que era la primera factura del pacto. El demonio había tomado su vida, pero su tortura apenas comenzaba.
El tormento que me prometió Zila se manifestó de la manera más insidiosa. No vino en la oscuridad, sino en al silencio absoluto. Lo llamo el aliento frío.
En el silencio de mi apartamento, sobre todo cuando me siento a trabajar o a leer, siento una presencia gélida justo detrás de mi nuca. No es aire; es un hálito húmedo, rasposo y repugnante, como si una criatura recién desenterrada me estuviera soplando el moho de su mortaja. El aire alrededor de mi cabeza se congela instantáneamente.
Una noche, en mi consultorio, el pánico se hizo carne. Sentí ese aliento frío rozarme el cabello, y una voz, que no era audible sino mental, me susurro: "¿Temes perder tu pulso lógico, doctor?"
Quedé paralizado. Sentí un presión sin manos en mi muñeca, y i vieja reloj de pulsera de oro se hizo añicos. Luego, miré el espejo. Junto a mi reflejo demacrado, vi la distorsión: una figura esquelética, de piel amarillenta y ojos de brasas rojas. No era humana, pero estaba haciendo algo: sostenía una réplica exacta de mi propio corazón, aún latiendo, pero envuelto en una maraña de espinas negras que lo estrangulaban lentamente.
Octavio Ravel, el hombre que reparaba corazones, ahora vive como un paria de la lógica, sabiendo que el demonio está cumpliendo su promesa: no me matará, sino que consumirá mi cordura, atacando lo que más temo perder. Sigo sintiendo el aliento helado en mi nuca, esperando que el demonio decida que mi corazón, envuelto en espinas, finalmente ha dejado de ser "lógico".
No sé qué hacer, Guardián, me estoy volviendo loco.
Profanadores, en esta ocasión, comprobamos que el amor puede se una puerta al infierno. Si alguno de nosotros ha sentido el aliento de lo Profano, si ha cometido un error en la oscuridad y ahora lo paga con terror, se los imploro: ¡Compartan su historia! La confesión s la única purga.
Dejen sus relatos más oscuros aquí. Que el mundo conozca el verdadero precio de la brujería.
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